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Nuestra primera compra para el bebé

Hasta ahora habíamos sido muy prudentes con el tema del bebé. Nos han caído algunos regalitos (tengo pendiente enseñároslos), pero nosotros nos hemos aguantado las ganas durante todos estos meses sin comprar nada de nada. Hasta la semana pasada.

Lo curioso de nuestra primera compra es que no hemos comprado ningún body de recién nacido, ni unos patucos, que junto a los chupetes (que no queremos ni en pintura) son las primeras compras más habituales. También es curioso que nuestra primera compra ha sido algo que durante los primeros meses de embarazo teníamos decidido que no compraríamos. Hace un mes cambiamos de opinión (ahora os lo explico) y cuando encontramos una buena oferta apenas nos lo pensamos. Hemos comprado un cochecito.

Como os decía, nosotros teníamos decididísimo que no íbamos a comprar uno. Cuando empezamos a hablar sobre nuestra idea de la paternidad, nos sorprendió gratamente descubrir que ambos nos habíamos visualizado a nosotros mismos con un bebé en una mochila. Yo personalmente les tengo mucha manía a los cochecitos, los considero peligrosísimos. Cuando voy en el coche me pasa a menudo que me pego un buen susto al ver asomar en un paso de cebra, entre dos coches aparcados que restan toda la visibilidad posible, la capota del capazo de un cochecito. ¡Siempre he pensado que en caso de despiste de un conductor hay un enorme riesgo para el bebé! Además, hace unos años a una amiga se le escapó el cochecito, que teóricamente tenía el seguro de las ruedas puesto, mientras ella buscaba algo en el bolso. Nuestro último motivo era que, preguntando entre nuestros conocidos, uno se había gastado 1200 euros en el carrito, otro 1300, otro 900, otro 850… Y la mayoría habían cambiado a sillita de paseo más plegable y ligera en cuanto el niño supo andar. No estábamos dispuestos a gastarnos semejante barbaridad en algo que ninguno de los dos deseábamos usar, que no duraría mucho tiempo y que a mí me daba miedo.

Finalmente, hace un mes más o menos yo volví a sacar el tema: me lo había pensado mejor. Sigo con la idea de portear (de hecho ahora sé que lo que quiero es un fular elástico) y sigo sin ser amiga de los cochecitos, pero me hicieron dudar algunos otros motivos. El primero, los abuelos: no me imagino a mi padre ni a mi suegra colocándose un fular elástico para irse a dar una vuelta al parque a presumir de su nieto. El segundo, el precio: resultó que mis amigos eran todos unos megapijos, descubrí que había marcas mucho más baratas, que se puede comprar un trío por 300-400 euros. El tercero, que de todos modos íbamos a tener que comprar una sillita para el coche, y esta ya está incluida en los tríos. El cuarto, que además el capazo podría hacer las veces de moisés en la planta baja de casa durante los primeros meses, si es que queríamos poner al bebé a descansar cerca de nosotros mientras cenábamos, por ejemplo. Le expuse todos estos motivos al papá y a él le pareció todo muy razonable, así que me puse a investigar.

En mi investigación descubrí que en esto de los cochecitos pasa como con casi todo: que hay precios de lo más variado, que en muchos estás pagando más por el prestigio de la marca (cuando hay otros de la misma calidad y más baratos) y que el más recomendable dependía del uso que le fuéramos a dar. Yo quería un cochecito barato pero seguro, que se plegase fácilmente y que tuviese calidad suficiente para algo a lo que, en realidad, pensamos darle poco uso: solo para alguna tarde con los abuelos. Vi por internet algunos modelos, y finalmente me decidí a hacer mi primera visita a una tienda de puericultura: ToysRus.

trio malibuEn la tienda me llevé una grata sorpresa: uno de los modelos que yo tenía previamente fichados, el Trío Malibu de Hauck, estaba rebajadísimo. Su precio oficial de venta era de 310 euros, en algunas tiendas de internet lo había visto a 290 euros y algunas personas decían haberlo encontrado de oferta a 260. En este caso estaba marcado a 256 euros, y no dudé en pedir que alguien me atendiera para preguntarle mis dudas. Encima lo tenían en color turquesa, que es mi color favorito.

El chico que me atendió era un encanto. Me explicó que la enorme rebaja se debía a que Hauck acaba de sacar el Malibu con un tejido en otro estampado más veraniego, y este estaba ya descatalogado, de modo que tenían de oferta las últimas unidades. A mí de calidad me pareció aceptable, si bien el bolso era un poco malucho y muy pequeño (¿pero quién compra un carro por el bolso?). Lo plegué y desplegué yo sola sin problemas. El chico quiso ofrecerme otros tríos más caros, pero cuando yo le expliqué el uso que íbamos a darle admitió que este modelo era el más adecuado para nosotros. Fue a mirar, y resultó que solo les quedaba uno, más el carrito de exposición, pero fue tan amable de reservármelo por unos días para que pudiese llevar al futuro papá y que este le diera el visto bueno a la compra.

Mi marido es experto en detectar fallos de estructura o calidad en distintos productos. Y esa virtud, que taaaanta rabia me ha dado cuando yo me he encaprichado de algo que no ha pasado sus estrictos controles, aquí iba a ser la gran ventaja. A ver qué opinaba él. Le advertí que el bolso era malísimo, pero que el carro en general me convencía, y me lo llevé a echarle un vistazo más exhaustivo. Miramos las piezas, le expliqué para qué servía cada una (sigue sin ser del todo capaz de explicarle a alguien más la diferencia entre el capazo y el huevo) y se puso a hacer pruebas: montarlo, desmontarlo, intentar forzar las medidas de seguridad a ver si cedían, tirar del tejido y observar las costuras, plegar el capazo y volverlo a desplegar… y resultó que pasaba sus estándares de calidad, así que, sabiendo que no lo íbamos a encontrar más barato, lo compramos sobre la marcha.

En fin, que ahora tenemos otra caja enorme más en el cuarto del bebé, que de momento sigue siendo un trastero. Eso sí, estamos dando los primeros pasos para arreglarlo, así que esta semana quiero empezar a enseñároslo y a contaros sobre eso. ¡Un besazo hasta entonces!

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La maternidad según una que no es madre (aún)

Cuando empecé a pensarme en serio lo de ser madre (siempre he sabido que quería serlo, pero había buenas excusas para postergarlo, al fin y al cabo seguía siendo joven) empecé a informarme y a leer todo lo que caía en mis manos sobre el tema. Yo soy igual para todo: me gusta leer mucho, conocer todas las posibles opciones y decidir cuál es la que a mí me convence más.

Lo único que tenía claro antes de empezar a informarme es que odiaba a muerte el método Estivill, que ya conocía porque una pariente lo aplicó con su hija. A mí un método que supone que el niño pase un mal rato y yo también y que al final no me garantiza conseguir algo antes que otros métodos más afectuosos con el niño… lo siento, pero eso a mí no me lo venden. También me atraían mucho las mochilas (los carritos me dan mucho miedo) y me consideraba pro lactancia materna sin saber mucho del tema.

Lo que no me imaginaba es lo que me esperaba. Resulta que hay todo un universo que suele denominarse «crianza con apego», donde no todo el mundo aplica todo, pero a mí, Mariquita la primera, me parecía todo interesantísimo. Lactancia a demanda hasta que el niño y la madre quieran (la OMS recomienda que la leche materna sea el único alimento hasta los 6 meses y que se complemente con otros alimentos hasta los dos años). Madre hippiePorteo. Colecho. Y luego otras cosas no necesariamente relacionadas con la crianza con apego, pero que también molan un montón: enseñar a los bebés a signar para mejorar sus habilidades comunicativas en la época de balbuceo, el «Baby-led weaning» o los famosos pañales de tela que como idea me encantan, aunque no sé si al final me atreveré a probarlos. Todas son cosas en las que seguiré profundizando y de las que seguro que hablaré largo y tendido, bien para defenderlas o para plantear mis dudas. Pero al mismo tiempo son cosas que me hacen sentir que voy a ser una madre muy «Flower power» y que voy a tener que enfrentarme a muchas críticas en mi entorno.

Hace dos semanas estuvieron unos amigos en casa pasando el fin de semana. Tuvimos tiempo de todo, y como son de los pocos que conocen nuestro proyecto de ser padres, acabaron surgiendo temas relacionados con la maternidad. Yo comenté que mi idea era tener en mi cuarto la cuna de colecho el tiempo que hiciera falta, y mi amiga no tardó en explicar que como no sacase al bebé a los seis meses se iba a «malacostumbrar» y que luego iba a ser incapaz de dormir por sí mismo. Como no me esperaba tan pronto este tipo de debates, me justifiqué explicando que la lactancia es más cómoda si se comparte cama. Ese fue mi error: primero me preguntó con los ojos muy abiertos que cuánto tiempo pensaba yo dar el pecho y luego me recomendó que no me obsesionara con estos temas, que podía pasarme como a ella, que no pudo darle el pecho a su niña y eso le supuso un disgustazo.

Yo no quise proseguir la discusión. En parte pienso que no tiene sentido, ya daré explicaciones cuando me las pidan (doy por hecho que, con mis ideas, me las van a pedir). Pero también admito que me da un apuro tremendo darme cuenta de que, aunque pienso que mi amiga cometió algunos errores que impidieron la lactancia de su hija (he aprendido mucho leyendo a Carlos González), no me siento quién para defender ciertas cosas sin haberlas experimentado en mis carnes.

La cuestión es que después de aquella conversación tengo vértigo. Me he dado cuenta de verdad de la cantidad de críticas que tendré que enfrentar, de que muchas de mis decisiones probablemente no se comprendan… Y no me hace ilusión tener que enfrentarme al mundo para criar a mis hijos como creo que es mejor.